En las costas brumosas del tiempo, donde el Atlántico murmura secretos a las piedras, aún flota el nombre de Alfonsina Storni como un conjuro. No es solo una poetisa, ni apenas una figura trágica: es un signo, una grieta luminosa en el mármol de lo establecido, una mujer que caminó entre sombras llevando en las manos la palabra como puñal y como ofrenda.

Nació en 1892, en Capriasca, Suiza, pero su alma no era de los Alpes ni del norte frío. La Argentina la reclamó muy pronto, y ella se dejó sembrar en esas tierras con su fuego interior intacto. En San Juan, luego en Rosario, y finalmente en Buenos Aires, Alfonsina tejió con hilos de rebeldía y lucidez una voz que no imitaba, que no temía. Una voz que sangraba.

Maestra, actriz, obrera, periodista, madre soltera y activista cultural. Fue una de las primeras mujeres en hablar con vehemencia, sin tapujos, sobre los derechos de las mujeres, el deseo, la frustración doméstica y la hipocresía social. Su obra no fue solo literatura, fue alquimia: convertía su dolor en belleza, su rabia en palabra viva.

Hay quienes creen —y no sin razón— que Alfonsina estaba tocada por un don oculto, casi médium, capaz de canalizar dolores que no eran solo suyos. Escribía como si escuchara voces ancestrales, como si recibiera dictados de lo invisible. En los márgenes de sus cuadernos solía dibujar símbolos cabalísticos: la estrella de cinco puntas, el ouroboros, la rosa sin espinas. Algunos estudiosos han insinuado que pertenecía a un círculo hermético vinculado al espiritualismo de comienzos del siglo XX, influenciada por las ideas de Blavatsky y Swedenborg.

Una carta conservada en manuscrito por su hijo, Alejandro, menciona visiones oníricas recurrentes: mujeres vestidas de blanco que le dictaban versos desde un jardín sumergido. Ella las llamaba “las del silencio húmedo”.

Sus primeros libros, La inquietud del rosal (1916) y El dulce daño (1918), están marcados por una sensualidad inquieta, cargada de ambivalencias. Pero ya allí emerge su voz distinta, con versos como latigazos:

“Tú me quieres blanca,

Dios te lo perdone,

tú me quieres casta,

tú me quieres alba…”

Este poema, uno de los más citados, no fue sólo un grito contra el machismo, sino un acto de profanación contra la pureza impuesta. La blancura exigida como símbolo de sumisión. Y ella, poeta incendiaria, respondió con palabras que aún arden.

En Irremediablemente (1919), su tono se vuelve más amargo, premonitorio. El lenguaje ya no busca complacer: ahora rasga. Ahí aparece el yo escindido, el espejo quebrado, el ansia por romper las cadenas de la carne y la sociedad.

Pero es en Mundo de siete pozos (1934) donde alcanza su mayor complejidad. El título mismo remite a un simbolismo profundo: siete como cifra mística; pozos como portales, como laberintos internos. Allí aparecen también sus “Poemas para niños”, que esconden claves esotéricas y estructuras rítmicas inspiradas en la música pitagórica. Se ha sugerido incluso que esos poemas en apariencia ingenuos contienen numerología oculta.

Finalmente, en Mascarilla y trébol (1938), escrita ya sabiendo que el final se acercaba, Alfonsina despliega una poética despojada, casi espectral. El trébol como símbolo del azar, la máscara como condena y salvación. Hay en este libro algo de rito funerario, de salmo apócrifo. Versos que parecen tallados en piedra lunar:

“Y en el fondo del agua

me he de ir a buscar.”

Espejos, mares y silencios

Se ha especulado mucho sobre su muerte. Si bien la leyenda dice que se internó voluntariamente en el mar de Mar del Plata, algunos sostienen que fue encontrada ya sin vida en la playa, y que el mito fue tallado después, como una necesidad colectiva de darle una salida poética a quien vivió poéticamente. Lo cierto es que Alfonsina dejó una última carta en forma de poema, Voy a dormir, enviada al diario La Nación. Un texto que parece dictado por otro plano, un testamento de belleza desgarradora:

“Déjame sola:

oyes romper los brotes…

te acuna un pie celeste

desde arriba…”

No hay dramatismo, sino un tono de rendición sabia. Como si hubiera pactado con el mar. Como si el agua, que purifica y devuelve, fuera su morada final.

Hoy, leer a Alfonsina es descifrar un mapa de cicatrices hermosas. Su obra es un grito íntimo que atraviesa generaciones. Pero también es un código. Un oráculo. Un espejo que no solo refleja, sino que revela. Alfonsina no se fue: se disolvió en su propia leyenda. La luna, a veces, tiembla cuando alguien recita sus versos. Y no es por el viento. Es porque ella todavía escucha.

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