Llegar a la mitad siempre tiene algo de rito: un respiro, un balance, una pausa obligada antes de volver a andar. El calendario, tan implacable como simbólico, nos recuerda en este punto que seis meses ya no son posibilidad, sino memoria; y que seis más esperan para ser dibujados con la tinta de lo que decidamos hacer.
A mitad del camino uno se reconoce distinto: menos ingenuo que en enero, quizá más sabio, quizá más cansado, pero siempre acompañado de la huella de lo vivido. Han pasado encuentros, proyectos, decepciones y sorpresas. Hemos conocido nuevos rostros que, sin esperarlo, se volvieron parte de nuestras rutinas; hemos aprendido a habitar ciudades, trabajos o circunstancias que al principio parecían extrañas. Y en esa costumbre que empieza a asentarse descubrimos lo más humano: la capacidad de adaptarnos, de florecer en medio de lo incierto.
Este año, además, México atraviesa una mitad distinta. No es solamente un punto en el calendario, sino un quiebre histórico: acostumbrarnos a nombrar, por primera vez, a una Presidenta. El peso de las palabras no es menor. Decir “la Presidenta” exige ajustar la lengua, la política y la imaginación colectiva. Representa no solo un cambio de género en la gramática, sino en la narrativa de país. Nos obliga a revisar viejas certezas, a pensar en nuevas formas de poder, de liderazgo y de futuro.
A mitad del camino se mezclan entonces lo íntimo y lo colectivo. Lo personal —los afectos que llegaron, los aprendizajes que nos doblaron, los hábitos que ahora nos sostienen— dialoga con lo nacional: un México que busca reconocerse en una transición inédita, que debe atreverse a creer que lo nuevo no siempre es amenaza, sino posibilidad.
Quizá de eso se trata esta pausa. No de hacer un inventario contable de lo que “se logró” o “faltó”, sino de entender que la mitad es un umbral. Un puente entre lo que ya no se puede cambiar y lo que todavía espera ser escrito. Un recordatorio de que el tiempo no es una línea recta, sino un tejido en el que caben las sorpresas y los comienzos, incluso en agosto.
Hoy, a mitad del camino, sabemos que la segunda parte del año no está predeterminada. Que cada quien, en lo individual, y todos, en lo colectivo, podemos torcer la ruta, corregir los rumbos, inventar nuevas formas de andar. El tiempo que resta no es poco: es suficiente para reinventarse, para sumar voces y miradas, para consolidar lo que apenas germinaba en enero.
Porque si algo enseña la mitad es que nunca se llega solo. Lo que somos hoy se debe a quienes encontramos en el trayecto, a quienes nos enseñaron a mirar distinto, a quienes nos acompañan —incluso en silencio— mientras seguimos andando. Y lo que seremos dependerá también de cómo decidamos caminar juntos los próximos meses.
La mitad del camino no es un fin, ni un simple intermedio: es una invitación. A reconocernos, a atrevernos, a seguir.


