El 8 de marzo se alza como un canto profundo,
la voz de mil mujeres que en silencio han sido,
pero que hoy, como un río, rompen el murmullo
y dejan su huella en la tierra, sin olvido.
Bajo cielos de lucha, con manos de esperanza,
se tejen sueños de justicia y de amor,
cambiando el curso del viento que avanza,
reclamando con fuerza el derecho al honor.
El viento susurra historias de batallas olvidadas,
pero en cada paso, en cada grito callado,
se encienden luces que alumbran sendas doradas,
donde la mujer se reencuentra con su lado amado.
Su fuerza es la tinta que escribe en cada esquina
un manifiesto de libertad y de querer,
y el mundo, al fin, la mira con otra retina,
respetando su fuego y su ser.
Hoy, más que nunca, se alza la consigna
de que el tiempo de opresión ya se ha ido,
y en cada rostro que lucha se dignifica
la historia de un sueño que nunca ha cedido.
El 8 de marzo es un faro encendido,
un grito de alma, un grito profundo,
en la batalla por un mundo más unido,
donde la mujer sea, por fin, dueña del mundo.
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